Monday, November 10, 2008
Monday, October 1, 2007
Tuesday, August 7, 2007
Tuesday, June 26, 2007
Los Pobres de Jesus
1. Visión general. Jesús y los pobres.
Ciertamente, asumió la tradición israelita que exige proteger a los pobres (extranjeros, huérfanos y viudas), pero la amplió hacia todos los necesitados. Asumió, sin duda, el programa sabático y jubilar del Deuteronomio y de Lev 2 (con el perdón de las deudas, la libertad de los esclavos y el reparto de tierras) , pero quiso aplicarlo al pie de la letra, sino iniciando un camino intenso y extenso (más universal) de liberación, en la línea de los profetas, como nuevo Moisés llamado a liberar a los hebreos de la opresión que había en su propia tierra .
Su acción se sitúa en la línea de aquello que actualmente (en perspectiva racional) llamaríamos defensa de los derechos humanos, pero desborda ese nivel, porque la fuerza de la gracia le lleva más allá de la exigencia de lo que puede imponerse por leyes. Quizá pudiéramos decir que, asumiendo los principios de la teología de su pueblo (que promovía el amor a los pobres), Jesús terminó oponiéndose a la forma en que se concretaban, siendo justamente condenado en un plano de ley. Así podemos añadir que (sin rechazar temáticamente la ley) terminó enfrentándose con ella y poniéndose al lado de los ilegales de su tiempo. Aquí y no en palabras más o menos desligadas del contexto de su vida, ha de fundarse la opción preferencial de la iglesia en favor de los encarcelados.
1. Amó a los pecadores “oficiales”, varones y mujeres a quienes la tradición legal judía consideraba impuros: indignos de participar en el banquete (mesa, templo) del buen pueblo de la alianza. La tradición le coloca al lado de publicanos y prostitutas (cf. Mt 21, 31), es decir, de aquellos que “vendían” (tenían que vender) su dignidad (su identidad de hijos de Dios) por razones de dinero. En las márgenes de Israel se hallaban, como carne de cultivo de diversas violencias y opresiones. Allí fue a buscarles Jesús, para invitarles al Reino, iniciando con ellos un camino de nueva humanidad: no les condenó ni expulsó, no les obligó a reparar de un modo penitencial (en cárcel o castigo) el mal que habían hecho, sino que les ofreció su solidaridad y reino. Gran parte de los encarcelados de nuestro tiempo provienen de ese mismo entorno vital.
2. Buscó de un modo especial a los enfermos, leprosos y posesos, es decir, a los más pobres, los hombres y mujeres a quienes la “buena sociedad” consideraba malditos y expulsaba del espacio de la familia y comunidad sagrada. No había para ellos “cárcel” o castigo, entendida como reclusión o encerramiento, pero muchos vivían encerrados en los muros de su enfermedad y su impureza, expulsados del orden social. Pues bien, Jesús vino a ofrecerles su solidaridad y esperanza del reino. Muchos pobres actuales son como aquellos antiguos leprosos: apestados a quienes se expulsa de la sana sociedad; poseídos por la droga, amenazados por el “sida” y otros males. En su mayoría son enfermos o débiles mentales, como los antiguos endemoniados: incapaces de asumir la libertad de un modo activo, en un entorno duro que tendía (y tiende) a marginarles.
3. Compartió su camino con los pobres concretos (en un plano económico), ofreciéndoles no sólo la bienaventuranza del Reino (Lc 6, 20 par), sino un lugar en su mesa, abierta como espacio de encuentro para todos (cf. Mc 6, 30-44; 8, 1-10 par). Evidentemente, los pobres no eran piadosos, buenos “anawim”, como se ha dicho, llenos de Dios, incapaces de cometer crimen alguno. Hoy como entonces, muchos pobres resultan “peligrosos” para la buena sociedad que les expulsa, ignora y/o utiliza. Jesús no empezó por convertirles, trazando para ellos un programa penitencial de cambio e inserción en la sociedad constituida, sino que les acogió y reconoció tal como eran, ofreciéndoles a ellos y a todos los hombres, un camino de esperanza mesiánica, una buena nueva de riqueza y reconciliación abierta al Reino.
4. Jesús inició un mensaje y camino de liberación al servicio de unos marginados que eran como los actuales: prostitutas, compradas y vendidas por comercio sexual; publicanos, manipulados por cuestión económica; niños sin familia, militares odiados de un ejército de ocupación (o colaboradores de Roma), extranjeros rechazados por los puros judíos… Entre ellos se mantuvo, por ellos ofreció su palabra. Ciertamente, no quiso ser un separado en el sentido purista del término, no estuvo sólo con los excluidos, ni tampoco con los puros. Con unos y otros habló, para unos y otros ofreció su mensaje, en gesto de doble pertenencia. Así vivió y murió como mesías de frontera, mediador entre la “buena sociedad” (que le acabó matando) y los marginados o peligrosos de esa sociedad (con los que murió crucificado). Por eso, su memoria, celebrada por la iglesia, resulta inseparable del recuerdo de su conflicto social. “La noche en que fue entregado” (1 Cor 11, 23): así comienza toda fiesta cristiana, con la referencia a la prisión y muerte de Jesús.
Más que una religión en el sentido espiritualista (intimista), más que una organización social (estado bien estructurado), Jesús fundó un movimiento liberador especialmente dirigido a los más pobres (marginados, hambrientos) de su tiempo. De esa forma conoció los varios espacios de opresión de donde provienen actualmente la mayoría de los encarcelados. No se mantuvo en el desierto como Juan Bautista, esperando que llegaran los penitentes, para iniciar con ellos un camino de conversión. No fundó una escuela de sabios hermeneutas de la ley, ni un grupo de orantes separados (=fariseos), sino conoció las opresiones y compartió los sufrimientos de los últimos del mundo, muriendo en el centro de la conflictividad social y humana de su tiempo. Por eso su actitud sólo se entiende y sólo puede asumirse allí donde la iglesia (los cristianos) son capaces de encarnarse como él en el centro de la conflictividad humana..
Jesús centró su mensaje en la llegada del Reino de Dios, de un Reino que es buena nueva para los pobres y expulsados del sistema social y sanitario, religioso y político de su tiempo. De una forma lógica, sus discípulos, sobre todo los de tendencia helenista, interpretaron su vida y mensaje como evangelio, tal como indican, de un modo especial, → Pablo (cf. Gal 1, 6-11; Rom 1, 15-17) y Marcos (cf. Mc 1, 14-15; 13, 10; 14, 9). Jesús no teorizó sobre el sentido del Reino, sino que hizo algo mucho más importante: asumió y actualizó con su vida y con sus obras la promesa de evangelio, que se expresaba, sobre todo, en el libro de Isaías, ofreciendo a los pobres de su entorno la buena noticia práctica de la llegada de Dios, es decir, de la curación y plenitud de los más pobres.
(2) Se ha cumplido el tiempo, es tiempo de buena noticia para los pobres.
Esta certeza de que el tiempo se ha cumplido y de que irrumpe el reino de Dios como victoria de la vida y de la gracia de Dios sobre la muerte llena toda la historia de Jesús y fundamenta, de manera radical, sus gestos y palabras. Esta certeza es la razón de su mensaje, su ipsissima vox, el signo básico de su vida. A partir de aquí han de interpretarse sus restantes palabras de promesa y esperanza: el perdón, las curaciones y, sobre todo, el anuncio de la bienaventuranza para los pobres, que ahora destacamos
Felices vosotros, los pobres, porque es vuestro el reino de Dios.
Felices vosotros, los que ahora tenéis hambre, porque os saciareis.
Felices los que ahora lloráis, porque reiréis» (Lc 6, 20-21).
Como enviado escatológico de Dios, al final del curso de los tiempos, Jesús proclama el Reino de Dios y lo presenta como buena noticia para los pobres (del pueblo que fueren) y no como triunfo político, social o religioso del propio pueblo. Ese evangelio de los pobres no habla de aquello que siempre existía sobre el mundo; no es una enseñanza misteriosa o esotérica que sirve para desvelar los valores ocultos o profundos de las cosas (de la vida, de Dios o de los hombres), sino la voz definitiva de Dios que, irrumpe sobre el mundo y crea lo que dice, ofreciendo bienaventuranza a los más pobres
(3) Los pobres del evangelio.En este contexto se sitúa la escena en la que Jesús responde a los mensajeros de Juan Bautista. Parece una escena creada para mostrar las semejanzas y las diferencias entre los dos mensajeros de Dios: Juan, profeta del juicio; Jesús, evangelizador de los pobres. Los discípulos del Bautista le preguntan: «¿Eres tú el que ha de venir?». Jesús responde:
«Anunciad a Juan lo que oís y veis:
los ciegos ven y los cojos andan;
los leprosos quedan limpios y los sordos oyen;
los muertos resucitan
los pobres son evangelizados ¡
Y feliz aquel que no se escandalice de mí!» (Mt 11, 4-6; Lc 7, 22-23).
Las palabras del texto anterior, formuladas probablemente por la iglesia, definen el sentido y tarea del evangelio de Jesús, tal como lo han vivido y expandido las comunidades más antiguas, presentando a los enfermos, pobres y a los muertos como destinatarios de las → «obras de Mesías».
(a) Curar a los enfermos (cf. Is 35, 5-6; 41, 7). Ellos son, sin duda, los primeros pobres. Es indudable que Jesús ha curado a cojos y ciegos, sordos y leprosos; pues bien, esa curación aparece aquí enmarcada en un contexto de evangelio, es decir, de buena noticia salvadora.
(b) Evangelizar a los pobres (cf. Is 61, 1). Esta palabra asume el mensaje de la palabra anterior (curar al los enfermos) y la amplía, pues el concepto de pobre asume y amplía el signo anterior de los enfermos: pobres son todos los que sufren por diversas carencias materiales y sociales, como los hambrientos y llorosos de Lc 6, 20-21.
(c) Resurrección de los muertos. Los muertos son los pobres de los pobres, aquellos que no tiene ni salud, ni medios económicos ni vida; son los derrotados por la dura condición humana que destruye a todos los vivientes. Pues bien, el evangelio de Jesús que se inicia como curación de los enfermos y bienaventuranza de los desposeídos culmina en la esperanza de resurrección de los muertos. Al anunciar la resurrección de los muertos, la iglesia ha vinculado el evangelio de los pobres con la esperanza pascual de Jesús, que se expresa como triunfo de la vida sobre la muerte. De esa manea, la resurrección final, que será luego el centro del mensaje de la iglesia, sólo puede entenderse y proclamarse allí donde se asume el camino de Jesús, con su evangelio o buena noticia para los enfermos y los pobres.
Así lo ha interpretado Lc 4, 18 ss, cuando presenta la misión de Jesús en Nazaret, su pueblo. Entra en la sinagoga, toma el rollo de Isaías y proclama: «El Espíritu del Señor está sobre mí; por eso me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado para anunciar la libertad a los cautivos, para dar la vista a los ciegos, para liberar a los contribulados, para anunciar el año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19). La buena noticia para los pobres se vincula aquí con la curación de los enfermos, la liberación de los cautivos y el anuncio del año de gracia, es decir, el perdón universal de Dios, abierto a todos, sin venganza contra los enemigos de Israel, como suponía el texto base de Is 61, 2.
Eso significa que los pobres no se identifican con los israelitas, sino con todos los necesitados del mundo, superando las fronteras entre Israel y las naciones. El evangelio no ratifica la distinción entre judíos y gentiles, sino que se abre, desde los pobres, a todos los hombres y mujeres. Por eso suscita escándalo, de forma que los nazarenos quieren matar a Jesús, pues rechazan su forma de anunciar la salvación a los pobres (cf. Lc 4, 22-30). Los nazarenos de todos los tiempos han querido silenciar el evangelio; pero el mensaje y camino de Jesús ha seguido resonando en el mundo.
Friday, June 22, 2007
La tristeza que me agobia...
Eran las 2 de la tarde, el dia era soleado, muy caluroso. Mis hermanos estaban orando por un par de prostitutas que se habian arrepentido de sus pecados, esos pecados que las alejaban del Dios Todopoderoso; y despues de un drama ofrecido por unos jovenes Misioneros fueron quebrantadas en su espiritu y corrieron llorando a la unica puerta abierta para la salvacion de sus almas -- Jesucristo--
En esos momentos un chispazo de alegria llego a mi ser, pero fue muy breve. En la situacion que me encontraba era para estar feliz... habia llegado el momento de la accion, de el Cristianismo que siempre quise ver, el que siempre he querido palpar. El Evangelio llevado a los pobres, a los oprimidos de la sociedad, a las prostitutas y drogadictos. Estaba en el campo de batalla, donde siempre habia querido estar. El Evangelio de mi Senor Jesucristo tal como es, en las calles, con los pobres, llevando Palabra de Dios, comida y bebida con todo el amor que solo puede venir del Padre y que el mundo no conoce.
Pero, en ese momento, senti una gran tristeza... no entendia el por que. Senti como El Senor, me llevaba a mi coche a recoger una botellita de agua que tenia guardada en el baul (trunk); al voltear a ver detras de el estacionamiento, pude observar como habia una "habitacion" improvisada a la interperie, un colchon roto, con sabanas sucias, latas vacias, ropa tirada.. etc... junto a un lago, estanque o que se yo. El dolor fue intenso, las ganas de llorar muy grandes. Senti como El Senor me dijo, "Ves, por eso estoy enojado con los que dicen que me conocen!!! Ellos gastan todos los recursos en construir enormes edificios, en ropas costosas, en luces multicolores para hacer en mi nombre un show, y he aqui los mas pequenitos, no tienen donde dormir decentemente, he aqui ellos no son expuestos al amor que yo tengo por ellos. Por eso mi ira no tardara contra todos los hombres que detienen la verdad".
Creo que Dios esta muy triste y mucho mas enojado que yo. El nos envio a dar las buenas nuevas a los pobres, a libertar a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a sanar enfermos, a proclamar el tiempo agradable del Senor... no a levantar edificios inmensos de millones de dolares, que mas parecen templo paganos. No nos llamo a formar grupos de rock "Cristiano" con fines de lucro, no nos mando a idolatrar hombres, a someternos a sus manipulaciones, ni a ser parte de sus pecados de vanagloria y lascivia. Y por eso el momento de dar cuentas llegara, y esta presto. Como diria el escritor de Hebreos, "Dura cosa es caer en las manos del Dios vivo".
Dios los perdone, y tenga misericordia de todos los que estan usando el Nombre de Jesus para su beneficio personal. Que dicen que lo conocen, pero no quieren andar como El anduvo.
Yo por mi parte, pondre mi ser en sacrificio vivo ante el altar de mi Senor, para aprender a buscar a los mas despreciados de la sociedad, a lo que el mundo no quiere. A los pobres, mal olientes, prostitutas, delincuentes, drogadictos, homosexuales... etc... y llevarles la Verdad, esa Verdad que la "Iglesia moderna" tiene encerrada entre cuatro paredes. De la cual se averguenza ante el mundo.
Es hora de apartar a los cabritos de las ovejas, y llevar el Evangelio a los que realmente oiran de buena gana. El Evangelio puro, como realmente es. No el adulterado, que esta siendo exportado desde los Estados Unidos hacia el mundo, ese "Evangelio" que se parece mucho al Sueno Americano. Ese "otro Evangelio" del cual escribio el Apostol en el libro de Galatas. Un "Evangelio" de diezmos y ofrendas, de saltos y brincos, de musica estruendosa, de "sentirse bien", de "arrebatar bendiciones"; de "todo sera para mi"; de "pactos con dinero"; Ese "Otro Evangelio" donde se idolatran al Yo y al Dinero. Clasicos dioses paganos de la sociedad Norteamericana.
Perdonenme, pero esa es la Verdad. El verdadero Cristiano, debe negarse a si mismo, tomar la cruz y seguir al Senor, y donde anduvo el Senor? Entre leprosos, ciegos, prostitutas, publicanos...
Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos;
y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos. (Lucas 14:13-14)
En esos momentos un chispazo de alegria llego a mi ser, pero fue muy breve. En la situacion que me encontraba era para estar feliz... habia llegado el momento de la accion, de el Cristianismo que siempre quise ver, el que siempre he querido palpar. El Evangelio llevado a los pobres, a los oprimidos de la sociedad, a las prostitutas y drogadictos. Estaba en el campo de batalla, donde siempre habia querido estar. El Evangelio de mi Senor Jesucristo tal como es, en las calles, con los pobres, llevando Palabra de Dios, comida y bebida con todo el amor que solo puede venir del Padre y que el mundo no conoce.
Pero, en ese momento, senti una gran tristeza... no entendia el por que. Senti como El Senor, me llevaba a mi coche a recoger una botellita de agua que tenia guardada en el baul (trunk); al voltear a ver detras de el estacionamiento, pude observar como habia una "habitacion" improvisada a la interperie, un colchon roto, con sabanas sucias, latas vacias, ropa tirada.. etc... junto a un lago, estanque o que se yo. El dolor fue intenso, las ganas de llorar muy grandes. Senti como El Senor me dijo, "Ves, por eso estoy enojado con los que dicen que me conocen!!! Ellos gastan todos los recursos en construir enormes edificios, en ropas costosas, en luces multicolores para hacer en mi nombre un show, y he aqui los mas pequenitos, no tienen donde dormir decentemente, he aqui ellos no son expuestos al amor que yo tengo por ellos. Por eso mi ira no tardara contra todos los hombres que detienen la verdad".
Creo que Dios esta muy triste y mucho mas enojado que yo. El nos envio a dar las buenas nuevas a los pobres, a libertar a los cautivos, a dar vista a los ciegos, a sanar enfermos, a proclamar el tiempo agradable del Senor... no a levantar edificios inmensos de millones de dolares, que mas parecen templo paganos. No nos llamo a formar grupos de rock "Cristiano" con fines de lucro, no nos mando a idolatrar hombres, a someternos a sus manipulaciones, ni a ser parte de sus pecados de vanagloria y lascivia. Y por eso el momento de dar cuentas llegara, y esta presto. Como diria el escritor de Hebreos, "Dura cosa es caer en las manos del Dios vivo".
Dios los perdone, y tenga misericordia de todos los que estan usando el Nombre de Jesus para su beneficio personal. Que dicen que lo conocen, pero no quieren andar como El anduvo.
Yo por mi parte, pondre mi ser en sacrificio vivo ante el altar de mi Senor, para aprender a buscar a los mas despreciados de la sociedad, a lo que el mundo no quiere. A los pobres, mal olientes, prostitutas, delincuentes, drogadictos, homosexuales... etc... y llevarles la Verdad, esa Verdad que la "Iglesia moderna" tiene encerrada entre cuatro paredes. De la cual se averguenza ante el mundo.
Es hora de apartar a los cabritos de las ovejas, y llevar el Evangelio a los que realmente oiran de buena gana. El Evangelio puro, como realmente es. No el adulterado, que esta siendo exportado desde los Estados Unidos hacia el mundo, ese "Evangelio" que se parece mucho al Sueno Americano. Ese "otro Evangelio" del cual escribio el Apostol en el libro de Galatas. Un "Evangelio" de diezmos y ofrendas, de saltos y brincos, de musica estruendosa, de "sentirse bien", de "arrebatar bendiciones"; de "todo sera para mi"; de "pactos con dinero"; Ese "Otro Evangelio" donde se idolatran al Yo y al Dinero. Clasicos dioses paganos de la sociedad Norteamericana.
Perdonenme, pero esa es la Verdad. El verdadero Cristiano, debe negarse a si mismo, tomar la cruz y seguir al Senor, y donde anduvo el Senor? Entre leprosos, ciegos, prostitutas, publicanos...
Mas cuando hagas banquete, llama a los pobres, los mancos, los cojos y los ciegos;
y serás bienaventurado; porque ellos no te pueden recompensar, pero te será recompensado en la resurrección de los justos. (Lucas 14:13-14)
Wednesday, May 23, 2007
Tuesday, May 22, 2007
A que le apuntamos?

En esta charla vamos a entrar de lleno a la dimensión misteriosa de las realidades eternas, el mundo viviente de lo perpetuo en lugar del mundo agonizante del presente, el dominio imperecedero de la eternidad por oposición al espacio pasajero del tiempo, esa dimensión fascinante y en gran medida imperceptible para nuestra visión mortal, tan terrena y temporal.
La Biblia nos exhorta así: «Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la Tierra, pues las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas» (Colosenses 3:2). «Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó llamarse hijo de la hija del Faraón —pudo haber llegado a ser rey de Egipto—, escogiendo antes ser maltratado con el pueblo de Dios que gozar de los deleites temporales del pecado, teniendo por mayores riquezas el vituperio de Cristo que los tesoros de los egipcios; porque tenía puesta la mirada en el galardón. Por la fe dejó a Egipto, no temiendo la ira del rey; ¡porque se sostuvo como viendo al Invisible!» (Hebreos 11:24-27).
Desde los albores de la Historia, todos los que son hijos de Dios por la fe han buscado un mundo invisible, «una ciudad que tiene fundamentos», cimientos eternos, «cuyo arquitecto y constructor es Dios. Sin haber recibido lo prometido, sino mirándolo de lejos [...]. Confesando que son extranjeros y peregrinos en la Tierra que buscan una patria mejor, esto es, ¡celestial! Por lo cual Dios no se avergüenza de llamarse Dios de ellos, porque les ha preparado una ciudad»; ¡nada menos que la Ciudad Celestial que descenderá de lo alto, de Dios, y estará entre los hombres! (V. Hebreos 11:10,13-16, Apocalipsis 21:2,3.)
Esta es la esperanza de todos los tiempos: ese mundo eterno, que ahora mismo es invisible, donde moraremos con Dios para siempre, la Ciudad Celestial descrita en Apocalipsis 21 y 22 y mencionada en muchos otros pasajes en la Biblia. En eso tenemos todos cifradas nuestras esperanzas; no se trata de castillos en el aire, sino de un paraíso terrenal, un Cielo nuevo y una Tierra nueva con esa Ciudad Eterna.
Sin embargo, en este momento ese invisible Reino Celestial ya existe y actúa. No sólo nos rodea, sino que está dentro de nosotros. Jesús dijo: «El Reino de Dios está dentro de vosotros. [...] Si Mi Reino fuera de este mundo, Mis servidores pelearían, pero Mi Reino no es de este mundo» (V. Lucas 17:21; Juan 18:36.) Es decir, no a la manera de este mundo, con sus reinos terrenales formados por hombres de carne y hueso, reinos de gente malvada, de espíritu malvado, sino un Reino del Espíritu de Dios, invisible por ahora, que ya mora en nuestro interior, y que «vemos como por espejo, oscuramente; mas entonces veremos cara a cara. Ahora conocemos en parte; pero entonces conoceremos como somos conocidos» (1Corintios 13:12). El fascinante mundo espiritual, el Reino de Dios, donde todo es mucho más claro, más verdadero y eterno. ¡Porque la apariencia de este mundo pasa, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre! (V. Lucas 17:21; Juan 18:36, 1 Corintios 7:31.)
Es poco menos que imposible describir esa dimensión espiritual del presente —sin hablar ya de la del futuro—, pues todo lo que conocemos sobre ella es lo que dice la Biblia, lo que sabemos por testimonio de otras personas y lo que hemos experimentado nosotros mismos, todo lo cual es bastante limitado.
Para simplificarlo, podríamos presentarlo desde una perspectiva algo infantil y con cierto enfoque científico. Con nuestra limitadísima capacidad, intentemos comprender en alguna medida esa realidad casi inabarcable; no la del futuro, sino la que ocupamos ahora; no la física, sino la espiritual, la quinta dimensión. Como todos sabemos, según la ciencia hay cuatro dimensiones inherentes a la existencia de la materia: para que sea posible su existencia, todos los objetos físicos deben contar con longitud, anchura y altura. Estas tres dimensiones determinan el espacio. Hay una más llamada tiempo. Las teorías de Einstein demostraron que tiempo y espacio están estrechamente ligados. Según su teoría de la relatividad, nada puede ocupar un espacio físico sin que exista tiempo. Para que algo exista es esencial el tiempo.
Tengo en las manos una tarjetita postal muy llamativa que presenta una bella escena subacuática de la hermosa y colorida creación de Dios. Lo curioso de esta tarjetita es que si la miro de costado no veo sino dos dimensiones: la longitud y la anchura. Me ubico así en el territorio del planícola, que sólo comprende su reducido mundo bidireccional carente de profundidad. ¡No ve nada más! Al observar esta tarjeta de costado, yo tampoco veo nada más. Si fuera un planícola insistiría en que no hay ninguna dimensión aparte las dos mías, sólo porque no las percibiría visualmente.
Sin embargo, desplacémonos en una dirección nueva y desconocida para el planícola: la altura. Ascendamos al nuevo mundo de la tercera dimensión. Ahora contemplamos la postal desde arriba y descubrimos un mundo sorprendente. Esta tarjetita que para los planícolas es bidimensional resulta ser tridimensional. Es muy singular, pues de costado parece tener sólo dos dimensiones —largo y ancho—, pero vista desde arriba de repente adquiere una dimensión totalmente nueva, llamada profundidad. De hecho, me da la impresión de que puedo penetrar en la imagen con la vista. Ciertos objetos aparecen delante de otros. Hay un junco que crece delante de un precioso coral rojo; entre ellos nadan los peces, y el lecho sembrado de piedrecillas se desvanece en la distancia, ¡más allá de donde alcanzo a ver com mi nueva perspectiva tridimensional!
Hemos penetrado en un nuevo mundo, fuera del alcance del pobre planícola —en el supuesto de que existiera—, que sólo puede ver en dos direcciones. Miramos en una nueva dirección que aporta altura y profundidad, y nos presenta todo un mundo por explorar. «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son Sus juicios, e inescrutables Sus caminos!» (Romanos 11:33.) Ahora somos como un dios a los ojos del planícola, un ser que escapa por completo a su comprensión.
Desde el punto focal en que ahora estamos situados, por encima de su plano inferior de apenas dos dimensiones, nos ha perdido por completo de vista, pues él no ve ni hacia arriba ni hacia abajo, y a menos que buenamente tengamos la gentileza de descender hasta su nivel no podrá vernos en absoluto y mucho menos entender nuestra nueva dimensión.
Para ponernos a su nivel tenemos que situarnos en un plano exactamente igual al suyo, que se ajuste por entero a sus dos dimensiones, en una zona muy limitada. Entonces sí que nos vería. Pero en el instante en que variemos nuestra posición saliéndonos una pizca de su órbita, nos perderá de vista.
Esto sí que es alucinante. Ahora nuestro mundo tridimensional adquiere unas proporciones espaciales casi infinitas, mucho mayores y superiores. Es tan vasto, profundo y elevado que el planícola jamás podría entenderlo ni entendernos a nosotros. Escapa por completo a su esfera, tiene una profundidad de la que él carece, y es mucho más amplio que su reducido plano, un mundo enteramente nuevo, un mundo espléndido y grandioso cuya existencia ignora, por la simple y sencilla razón de que no lo ve. Es un mundo en el cual vivimos y existimos gracias a la cuarta dimensión, el tiempo.
El planícola no puede vernos excepto cuando descendemos por unos instantes a su angosto plano y nos colocamos dentro de su limitadísimo campo. En cambio, nosotros podemos verlo a él en casi todo momento y desde cualquier ángulo, ya sea dentro o fuera de su dimensión; desde arriba, desde abajo o desde su propio plano.
Como nuestra dimensión está totalmente fuera del alcance de la ciencia de Planolandia, su chato y reducido cerebro no conoce otra cosa que sus propias magnitudes. Por tanto no entiende nuestra dimensión, no sabe nada de ella. Nunca la ha visto ni mucho menos se ha visto inmerso en ella. Lo que hace es mirar con desdén tales disparates y afirmar que ni nosotros ni nuestra dimensión existimos.
Aun si fuera posible mostrársela, estaría tan fuera del alcance de su percepción bidimensional que probablemente haría como aquel campesino que, la primera vez que vio una jirafa, exclamó: «¡Eso no existe!» O como mis hijos cuando eran pequeños y queríamos que comieran algo nuevo. Uno de ellos dijo una vez, cuando tenía 4 ó 5 años: «¡Sé que no me gusta porque nunca lo he comido!»
«El hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura» (1 Corintios 2:14). Para él no hay tal cosa, porque nunca lo ha visto; y sabe que no le va a gustar porque jamás lo ha probado.
La verdad es que a nuestro pobre planícola —con capacidad de actuar en un solo plano— el orgullo le impide reconocer que puede haber un nivel superior al suyo en el que nunca ha estado y al que de hecho no puede acceder a menos que se le dote de alas tridimensionales y se le conceda tiempo para visitarlo.
Pobre hombrecillo! ¡Qué limitada es su visión, qué estrecho su mundo, qué restringido su radio de acción! Como no puede ir a ningún otro sitio, ¡no quiere admitir que exista esa dimensión! Se indigna con cualquier planícola que le diga que en alguna ocasión fue elevado a ese otro mundo ayudado por una criatura tridimensional, para echar un vistazo a lo que hay más allá de su reducido plano. Si no lo ha visto, ¡no existe! Se niega a reconocer nada que no pueda ver en su limitado plano bidireccional. Sólo conoce la geometría plana; para él no hay medidas cúbicas. «¡Al diablo con los cubistas!», dice el planícola.
¡Qué insensato! ¡Cómo puede asumir semejante actitud cuando no tiene ni idea de lo que pasa! En todo caso, el hecho de que no crea en algo no anula la existencia de ello.
Lo mismo pasa con el hombre cúbico natural de cuatro dimensiones. Es un cabeza dura, un cerrado de mollera que se resiste a creer que exista lo que llamamos quinta dimensión, un mundo espiritual, por la sencilla razón de que nunca lo ha visto o no ha estado en él. Se enfurece con todo el que asegure haber estado ahí, pues eso lo hace quedar mal parado, por debajo de esa quinta dimensión, del mundo espiritual, del ámbito celestial, que según él no existe, simplemente porque él no lo ha visto ni ha estado ahí.
Eso sería tan absurdo como decir: «¡No creo en la existencia de Nueva York o de Londres porque nunca he estado en esas ciudades! Aunque los viajeros en el tiempo y el espacio afirmen que Nueva York y Londres existen, y que han salido de mi mundo, han visitado dichas ciudades y las han visto con sus propios ojos, me niego rotundamente a creerlos, porque yo nunca las he visto ni he estado en ellas.» ¿Puede haber mayor ridiculez?
Así de necio es el hombre natural que rechaza la existencia del ámbito espiritual. Por mucho que se le lean pasajes sobre el tema en la Palabra de Dios y se le relaten experiencias personales que se hayan tenido allí y de lo que se ha presenciado en el país de la quinta dimensión, en el mundo de las maravillas del Espíritu, él seguirá negándose a creer. No le hace ninguna gracia admitir que otro posee una visión y una dimensión de las que él carece, una percepción espiritual que a él le falta: la de la Eternidad, que su diminuta mente temporal no puede ni quiere comprender, puesto que lo rebajaría a un nivel inferior. Preferiría morir antes que aceptar la existencia de un plano superior a él. ¡Pobre planícola estrecho de miras! ¡No lo soporta!
No te quepa duda de una cosa: ¡no es que yo haya oído simplemente hablar de esas cosas, haya leído sobre el tema o haya visto escenas de ese mundo, sino que he estado allí y sé que existe, por increíble que parezca. Si no estás dispuesto a admitir que tengo algo de lo que careces y que también te gustaría recibir… si no inquieres humildemente en cuanto a la verdad, confiesas tus limitaciones y pides a personas espirituales que te ayuden a descubrir una nueva dimensión, jamás conocerás las indescriptibles alegrías, las bellas visiones, los preciosos sonidos o las extáticas sensaciones de ese mundo maravilloso y celestial.
Es posible que Dios, misericordiosamente, te deje vislumbrar el Cielo por la ventana del espíritu; pero si te niegas a aceptarlo o a creerlo y lo rechazas, es probable que nunca lo vuelvas a ver.
Es ese brillo que ves en nuestra mirada y que no entiendes; esa luz que refleja nuestro rostro y que no alcanzas a comprender; esa atmósfera de felicidad, casi palpable, que emana de nosotros y que te resulta difícil creer. Te sientes como pez fuera del agua, como un planícola fuera de Planolandia. O inicias una vida nueva y adquieres una nueva perspectiva mediante el Espíritu, o morirás. Volverás a tu mundo natural y seguirás tan insensible espiritualmente como antes. ¡Pobrecito! ¡Qué pena! ¡Jamás sabrás lo que te perdiste! Casi lo alcanzaste... ¡pero se te escapó!
En fin, todavía ni he empezado siquiera a relatar mis experiencias en este sentido. En realidad, nunca podré contarlo todo. Hemos llegado casi al final de esta breve disertación, pero permíteme repasar algunos ejemplos bíblicos de esta quinta dimensión: Así comenzó todo, con un Espíritu: ¡Dios! «Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren» (Juan 4:24). «En el principio creó Dios los cielos y la Tierra [...] Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas» (Génesis 1:1,2). Este tema es tan ilimitado que sería imposible agotarlo en esta charla. ¡Pero lee la Biblia, y hallarás a lo largo de ella pruebas, relatos y declaraciones categóricas de la existencia de ese mundo espiritual pentadimensional! Incluso hubo casos en que sus personajes inmortales, luego de trasponer el glorioso umbral de la muerte, regresaron para narrar su vivencia.
Otros fueron elevados al mundo espiritual para ver un atisbo del mismo; muchos captaron mensajes del más allá. ¡Y otros hemos estado allí! ¡Es extraordinario, tan paradisíaco que es algo del otro mundo! ¡Te va a encantar! ¿Por qué no te adentras en él? No tienes nada que perder.
«No es de necios cambiar una vida pasajera por un amor imperecedero.»
«El viento sopla de donde quiere, y oyes su sonido; mas ni sabes de dónde viene ni a dónde va; así es todo aquel que es nacido del Espíritu» (S. Juan 3:8).
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